Hay personas que cambian con los viajes y viajes que cambian a las personas.

Concretamente a mi hay uno que me cambió la vida, desde ese preciso momento en el que puse un pie en aquella isla…

Su magia, su arena, las olas del mar con ese olor a sal, el agua cristalina reflejando los rayos del sol…y es que somos agua, y no hay mayor verdad que el recordarte viendo las olas del mar.

Si tuviera que elegir un paisaje elegiría la silueta de tu cara en cada una de las mareas, pero si tengo que acostumbrarme a elegir también al viento de acompañante, elijo que sople, que lo haga más fuerte que nunca, pero que lo haga a nuestro favor, para hacernos más fuertes a nosotros.

Aquel día hacía viento, pero el resplandor del sol conseguía cegarme por completo, casi tanto como tu mirada cuando te tengo a menos de cinco centímetros de mí. El mar podía calarme los huesos, lo suficiente como para sentirte, sentirte cerca de mí, a mi lado aún sin estarlo, como uno de tus abrazos indestructibles.

Me perdí en el horizonte de aquellas playas, y me acordé del día en que me hiciste crecer como persona, me hice valiente por tí, y por ello te dejo este fragmento de mí entre estas líneas, porque te lo debo…tú me hiciste valiente. (Entre tú y yo), cualquier persona habría perdido el juicio por tí, pero no cualquiera lo hubiera recuperado al dejarte ir – es cuestión de valentía, como actitud ante las personas y ante la vida.-

Al fin y al cabo, la libertad no es más que eso, dejar libre a la persona que amas. Hay elecciones que deben ser tomadas, y aunque el tiempo no espere por nadie, los secretos que nos depara la vida se acaban revelando, uno tras otro, a su debido momento.

Todo en esta vida tiene un precio, menos los sentimientos. Es la excepción que nos hace débiles y fuertes a la vez. Como esa isla en la que me perdí y me volví a encontrar…y si algún día vuelvo, prometo hacerlo pero contigo.

Porque el tiempo es capaz de detenerse como un atardecer que se esconde, comparable a una pequeña porción de mis emociones, la que quedará atrapada para siempre en aquel acantilado junto al faro…donde en cuestión de microsegundos, se congelaron las agujas del reloj de mis cinco sentidos, para sumergirme en un profundo sueño…

Después de todo, los momentos se resumen a la intensidad con la que se viven, y eso es lo que hice: sentir la vida, muy de cerca…pues me limité a soñar, pero con los ojos más abiertos que nunca.