¿Acaso no es eso la vida? Impredecible.

Un sin fin de momentos que se suceden los unos a los otros. Una melodía que suena, a veces con luz propia y otras desafinando. A veces, incluso nos sorprende. Otras nos derrota. Nos derrumba. Nos apasiona. Nos destroza y nos eleva. Nos empuja y nos perdona. Nos traiciona y rectifica. Pero nunca nos abandona.

El riesgo siempre estuvo presente, pero pasó desapercibido. Pensamos que no tendría sentido correr el riesgo de inconformarse con lo mínimo, de atreverse con lo difícil y conseguirlo. De proponernos nuevos retos. De construir nuestros sueños, defenderlos y quererlos. Quererlos para siempre, de forma que nuestros corazones latan con más fuerza conforme nos acerquemos a ellos. Haciendo tangible lo intangible. De forma que lleguemos casi a rozarlos. Que nos susurren al oído, nos atrapen y nos dejemos seducir por ellos. Y que cuando estemos a punto de alcanzarlos, seamos conscientes de lo más importante. Los sueños siempre fueron los protagonistas de nuestras vidas.